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Zoo in Budapest


ZOO IN BUDAPEST
Director: Rowland V. Lee. Con Gene Raymond, Loretta Young, O. P. Heggie y decenas de fieras y animales. USA, 1933
Muchas películas han desfilado por aquí -ustedes saben de mi debilidad por ellas- rodadas en jardines más o menos asilvestrados que invariablemente intentan hacerse pasar por auténticas selvas vírgenes; tal es el hábitat natural de todo tarzánido que en el celuloide ha sido. Lo que resulta mucho más insólito es que como sucede en este filme el espectador vea en efecto una inacabable selva donde el realizador nos muestra, sin esconderlo, un zoológico de verdad.
Y es que Zoo in Budapest es obra singular donde nada es lo que parece, rara perla en la que la realidad adquiere por obra y gracia de una dirección extraña y una fotografía prodigiosa, una dimensión fantástica nunca expresa pero así sentida desde un principio. No en vano su responsable es Rowland V. Lee, a quien todos debemos agradecer perlas del calibre de la expresionista Son of Frankenstein, la macabra la Torre de Londres o esas apoteosis de la aventura decimonónica que son El Conde de Montecristo y El hijo de Montecristo.

Toda la acción transcurre en un zoo donde reside acogido Zani, mocetón atlético que nunca ha traspasado las barreras del jardín, donde se encontrará con la virginal Loretta Young, una huérfana escapada del Hospicio para evitar ser vendida, y con un niño perdido aterrorizado ante la llegada de la noche. Sin que nadie nos lo diga, comprendemos en seguida que el zoo es el Otro Mundo, realidad paralela a salvo de las amenazas de esta sociedad civilizada y hostil donde nos ha tocado vivir.

Lo salvaje, lo irracional, lo fantástico como oposición a lo cotidiano. Animales, sombras, artificiales lagunas, escenarios trascendidos que trasmiten cualidades poéticas de alto nivel como raras veces el ojo del cine es capaz de dar: si acaso en algunos títulos de Renoir, Ptshuko, Murnau o aquellas secuencias de la huída río adelante de la prodigiosa La Noche del Cazador. Magia al alcance de solo unos pocos.
Magia, digo, que no desdeña la acción, como manda su calidad de producto menor de un gran estudio: perseguido por multitudes con antorchas, como corresponde a su calidad de criatura de la Otredad; mutado finalmente en doméstico Tarzán, Zani alcanzará la redención al salvar de las fieras al extraviado niño, en secuencias visualmente poderosas donde elefantes, felinos y antropoides se dedican a destrozar cuanta jaula y barrote se les ponga por delante. Lo que no es de extrañar, siendo como es este filme sencillo e insólito canto puro, en las antípodas de cualquier cursilería, a la libertad y el goce de vivir, pese a quien pese...

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